CUANDO SENTIMOS QUE DIOS  ESTA

AUSENTE.



Estoy seguro que cuando hablo de la ausencia de Dios entienden que no estoy hablando de una verdadera ausencia sino de un sentido de ausencia. Dios está siempre presente con nosotros … pero hay momentos cuando El nos despoja de su presencia en nuestra conciencia.
Richard Foster

Quien no ha sentido un escalofrío al leer o escuchar la oración desgarradora de Jesús en la cruz: “Padre, porque me has abandonado”. Posiblemente, también han existido momentos de nuestra vida en los cuales tuvimos una fuerte identificación con aquellas palabras. A veces, cargadas de reproche, otras de impotencia y, aun, de perplejidad. 


Foster nos sugiere centrarnos en el por qué (Oracion, p.23), es decir la razín, los motivos, por los cuales Dios permite esa sensación insoportable de lejanía y abandono. Muchos personajes bíblicos vivieron esta experiencia a la que convenientemente se la denomina el “desierto”, aprovechando una rica imagen bíblica.

 

San Juan de la Cruz avanzó aun más en la descripción y llamó “la oscura noche del alma” a ese tiempo fuerte de ausencias y distancias gravosas. ¿Existe una intencionalidad divina en la distancia, en esa sensación de desamparo? Por momentos, desde el dolor, pensamos en una incomprensible dosis de crueldad: Dios soltándonos en una especie de “arréglate como puedas”. O desde la vergüenza culposa buscamos respuestas en el proporcionado “castigo” que nuestra contumacia merece. En el contexto de un oráculo cargado de esperanza, Dios proclama en el libro de Isaías:

Eras como una esposa joven abandonada y afligida, pero tu Dios te ha vuelto a llamar y te dice: “Por un corto instante te abandoné, pero con bondad inmensa te volveré a unir conmigo. En un arranque de enojo, por un momento, me oculte de ti, pero con amor eterno te tuve compasión.” (Is.54:6-8).

 

Esto que Foster llama “el despojo de su presencia en nuestra conciencia” tiene que ver con una táctica de Dios, en el marco de su estrategia de amor incomparable para con nosotros. Pensemos por un momento qué siente el bebé que ensaya sus primeros pasos, muy seguro, de la mano de su madre o de su padre y de pronto observa como esas manos gigantes y seguras lo abandonan y a una distancia enorme, para sus proporciones, lo llaman para que continúe solo sus pasos.



 ¿Habrá desesperación? ¿Habrá reproche? ¿Angustia? Tal vez esta imagen nos permita aproximarnos a la comprensión de la táctica divina: suelta nuestras manos esperando el paso. ¿Que ocurriría si los padres no dejaran a sus hijos en la horrible circunstancia de la soledad para caminar? ¿Podemos imaginar una vida en la que una persona a los treinta años esté caminando aun de la mano de sus progenitores?


Dios nos despoja de la conciencia de su presencia para forjar en nosotros un espíritu anhelante, deseoso de su presencia y compañía. Un Dios que por su amor, nos quiere adultos. En la oscura noche del alma se sufre y se gime, pero se crece.

 

¿Cuál es nuestra actitud cuando al intentar una y mil veces la oración sentimos vacío y soledad? ¿Nos empacamos, como un bebe y apoyamos la sentadera en el piso esperando las manos que nos rescaten de tanto naufragio? o ¿Buscamos caminar, a tientas, sin apoyo hacia los brazos que al final del camino nos esperan?


http://www.actualidadcristiana.com.es/2010/06/el-silencio-de-dios.html




EL SILENCIO DE DIOS


Cuenta una antigua leyenda noruega, sobre un hombre llamado Haakon, que siempre miraba una imagen de Cristo crucificado en una cruz que era muy antigua, 
 La gente acudía a orar con mucha fe.  Muchos estaban  pidiéndole a Cristo algún milagro.
Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. 
 Impulsado por un sentimiento de generosidad, bondad y amor, se arrodilló ante la cruz y dijo: 
 


“Señor, quiero padecer y morir por Tí.  Déjame ocupar tu puesto. Quiero …en la Cruz.” Y se quedó  con la mirada fija puesta en El, como esperando una respuesta.
El Señor abrió sus labios y habló.  Sus palabras cayeron del cielo, susurrantes y amonestadoras:

“Mi fiel siervo,  te concederé tu deseo, pero solo con una condición.” 
¿Cual, Señor? ¿Es una condición difícil? 
¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!, -respondió el viejo ermitaño. 
Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, tienes que guardar silencio siempre. Haakon contestó: “¡Os, lo prometo, Señor!” Y se efectuó el  cambio. 
Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz. 
Y durante mucho tiempo mantuvo el acuerdo y nunca le habló a nadie.
Pero un día, LLEGO UN HOMBRE RICO , y después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. 
 
Haakon le vio y guardó silencio.  Tampoco habló cuando un pobre, que vino dos horas después, tomó  la cartera del rico y se la guardó. 
También guardó silencio cuando un hombre joven se arrodilló ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. 
Entonces volvió a entrar el rico a buscar su cartera, al no encontrarla, pensó que el joven se la había llevado. 
 
El rico se volvió al hombre joven y le gritó iracundo: ¡Dame la cartera que me has robado!. 
El  replicó: ¡No he robado ninguna cartera!  ¡No mientas, devuélvemela enseguida!. El joven  repitió, “le digo que no he tomado ninguna cartera  de nadie”. . 
 
El rico empezó a golpearle furioso.  Entonces una voz potente llenó  el aire ¡Detente!  El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba, Haakon que no pudo permanecer en silencio, gritó defendiendo al joven,  y increpó al rico por la falsa acusación.  Este se quedó asombrado  y se marchó del lugar. 
El  joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.

Cuando la Cruz se quedó a solas, Cristo se acercó a su siervo y le dijo:

 
“Baja de la Cruz. No sirves para ocupar Mi puesto. No has podido guardar silencio”.  “¡Señor!”, – dijo Haakon – , “¿Cómo iba a permitir semejante injusticia?”. 
 Jesús de nuevo ocupó su lugar en la Cruz  y el ermitaño se quedó de pie debajo de la Cruz. El Señor, siguió hablando: 
“Tú no sabías que al rico le convenía perder la cartera, pues llevaba en ella dinero para cometer un pecado sexual con una joven virgen. 
 Mientras que el pobre, por su absoluta pobreza, tenía necesidad de ese dinero. En cuanto al joven, hubiera sido mejor que le hubiera dado la paliza el rico a causa del malentendido en cuyo caso no se hubiera ido de viaje. 
Ahora, ves,  hace unos minutos acaba de morir  en un naufragio. Tú no sabías todas estas cosas PERO YO SI.  Por eso callo. Y el Señor nuevamente guardó silencio.

Muchas veces nos preguntamos ¿Por qué razón Dios no nos contesta?.  ¿Por qué razón se queda callado Dios? 
A muchos  nos gustaría que Él nos respondiera según nuestra voluntad y deseos… pero, la forma de actuar de Dios es diferente. El conoce el pasado, el presente, y el futuro (Hb,13,8)  Dios nos responde aún con el silencio…  Debemos estar dispuestos a escucharle y esperar en Él.
 “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos son mis caminos, dice el Señor. 
Cuanto son los cielos mas altos que la tierra, tanto están  mis caminos por encima de los vuestros.” (Is 55,8-9)

“Pues Yo conozco mis designios para con vosotros, dice el Señor,  designios de paz y no desgracia, de daros un porvenir y una esperanza” (Jr 29,11)

 
Un hombre debe comprender lo que significa el divino silencio y rendirse a los caminos del Señor y orar como el Salmista,
“Te amo Señor, mi fortaleza. El Señor es mi roca, mi fortaleza, mi libertador, mi Dios, mi roca, a quien me acojo; mi escudo, mi fuerza de salvación, mi asilo” 
(Salmo 18, 1-2)

SOY AMADA POR MI CREADOR,
El  ESTA EN MI CORAZON
SOY UNA CON EL

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